Del libro "Travesia a Vulcano. La peligrosa aventura del pensamiento"
EL REGRESO DE LOS INMORTALES
Señalé
anteriormente que el pensamiento mágico con sus derivadas: las religiones, la
creación de dioses y el concepto de alma inmortal, fue la solución provisional
a la angustia de la muerte futura, experiencia novedosa en la naturaleza y que
sólo ha sido sufrida por el homo sapiens.
A su vez, señalé
que el pensamiento creativo práctico no se quedó atrás e inventó la medicina.
Ambas formas de
pensamiento buscan una sola finalidad: armonizar la angustiosa situación de un ser
finito que, sin embargo, por los extraños juegos e imperfecciones evolutivas,
es capaz de concebir el infinito y por ello, no acepta su muerte.
¿Han reparado
alguna vez que la finalidad de la medicina es la inmortalidad humana?
Creo que muchos
médicos ni siquiera han visualizado las consecuencias últimas de su profesión.
Si la medicina fuese perfecta, es decir, si tuviera los remedios para todas las
dolencias, los seres humanos serían inmortales.
Mientras más
avanza la ciencia médica, ya sea por prevención o reacción, más se alarga la
esperanza promedio de vida.
Si la medicina
fuese capaz de combatir exitosamente sólo unas cuantas patologías, sobre todo,
las que detonan el proceso de envejecimiento del cerebro y el cuerpo, los seres
humanos perfectamente podríamos vivir el doble o el triple de nuestra vida
promedio actual.
Lo ilógico de
nuestra situación existencial, producto de la evolución que nos dotó de una
capacidad de anticipación extraordinaria pese a que somos seres de corta vida,
se resolverá efectivamente mediante los aportes del pensamiento creativo a la
ciencia médica.
Es una lástima
que, tal vez, a los de nuestra generación no nos toque esa suerte, pero al
menos, tenemos el consuelo que no podemos angustiarnos por no tener una
solución a un beneficio que desconocemos.
Cuando el hombre
sea capaz de dar este enorme avance el pensamiento mágico perderá una de sus
últimas vigas maestras: el miedo a la muerte.
Sin la muerte, el
pensamiento mágico desaparece. Deja de tener sentido. Pero hay un pequeño
detalle donde este puede refugiarse: la imprevisibilidad de la vida:
“¡Claro! —dirá
alguno—. la medicina puede
alargar nuestra vida en quinientos años si se quiere, pero nada me protege de
un accidente aéreo, una explosión, un asesinato o un incendio, donde muera sin
más trámite”.
Por ello debo
anticipar otro camino para la inmortalidad que, tal vez, se alcance antes que
la perfección de la medicina y que es la trasformación
de la memoria biológica en digital.
Ya hay atisbos de
esta extraordinaria revolución tecnológica. Hay equipos que permiten que un
avión obedezca ordene del piloto con sólo pensarlo; similares avances se están
dando en soluciones para personas inválidas. Es decir, se pueden transmitir
impulsos del cerebro que configuran pensamientos y trasmitirlos a través de un
artilugio tecnológico.
Si más adelante
se logra que los pensamientos cristalizados o empaquetados como memoria, sean
capaces de transferirse a un medio digital y a la inversa, restituirlos a un
cerebro, estaremos muy cerca de un concepto de inmortalidad absoluta.
¿Por qué sostengo
algo tan aventurado?
Porque los seres
humanos somos, simplemente, un conjunto de recuerdos: intelectuales,
emocionales o motores; es decir las tres distintas memorias de nuestro cerebro
trino.
Su personalidad,
su alma, su carácter, su “yo”, su
historia personal, son nada más que
recuerdos. Si usted sufre un ataque de amnesia y olvida todo lo que ha vivido,
deja de ser “usted” y pasa a ser un nuevo individuo que construirá un nuevo “yo” e historia personal desde cero.
Lo que usted
llama su vida es la suma de todos sus recuerdos, desde los más
recientes e inmediatos (la comprensión casi instantánea que hace al leer estas
palabras, por ejemplo) y hasta sus recuerdos más remotos, en sus diversas
facetas, sentimentales, emocionales, motrices, intelectuales.
Su individualidad
se la da la permanente presencia de ese yo
virtual, surgido en las tempranas eras de nuestro desarrollo cerebral, en interacción con todas esas experiencias.
Entonces, si se
diseña una forma para almacenar nuestros recuerdos en una fuente externa y
luego restituirlos a un cerebro, por ejemplo, el de un clon de la persona, el
individuo, si fallece, sólo perderá el recuerdo de los sucesos vividos hasta el
momento que hizo su “ultimo respaldo de información”, pero para adelante todo
seguirá igual o casi igual.
La paradoja de los
clones:
Cuando discutíamos
este tema con colaboradores de este ensayo, surgió una curiosa paradoja: si un
ser transfiere su memoria a un clon de sí mismo, subsistirán dos “Yo”, que
curiosamente no pueden tener conciencia el uno del otro, pese a ser la misma
información y en definitiva la misma persona.
El pensamiento
humano aún no se ve en la obligación de reflexionar sobre los efectos en el “Yo”
en el caso de una duplicación de información personal que es, en el fondo, la
esencia de la individualidad.
El tema es aún más
extraño si se da el caso que un tipo agonizante transfiere su información
personal a un clon.
Su yo no sobrevivirá, porque seguirá
ligado al ser que está muriendo y su último recuerdo serán los últimos
pensamientos antes que su cerebro pierda la consciencia. Paradojalmente,
existirá otra versión de sí mismo, que a lo mejor reflexionará sobre su muerte
mientras estaba en su cuerpo viejo, pero el yo
del agonizante no se traspasa.
Finalmente,
concluimos que cuando exista este método de transferencia de memoria personal,
debería abarcar especialmente los
últimos pensamientos del individuo agónico antes de perder su último instante
de conciencia de modo natural o apoyado artificialmente. Este último recuerdo o
recuerdo marginal, como diría un economista, tendría que ser traspasado al
clon. De esa forma podría tenerse la sensación de continuidad del Yo.
Tal vez, estas son
locas especulaciones, pero estamos en una detención en nuestro viaje a Vulcano,
jugando con nuestras posibilidades imaginativas y anticipatorias.
La clonación ya
existe, no se ha avanzado en la prueba con humanos por remilgos éticos
fomentado por las religiones tradicionales; la transmisión de impulsos mentales
a ordenadores, también ya existe. Falta investigar cómo traspasar memoria
digital a un cerebro y que este lo reconozca y falta determinar con más detalle
exactamente dónde y cómo se almacenan los diferentes tipos de recuerdos, para
poder hacer los proceso de transferencia de información de una lado al otro y
viceversa.
Tal vez estas
especulaciones no son tan osadas como parecen.
Cuando los seres
humanos sean capaces de conservar su
existencia, por medio de la medicina o la clonación, y la esperanza de vida se
corresponda con la vocación inmortal de su cerebro, habremos logrado la más
grande de las reconciliaciones existenciales pendientes en nuestra especie.
Seremos testigos
de la vuelta de los inmortales, de los dioses creadores y eternos, pero
encarnados, no en vanas fantasías, sino que en nosotros mismos.
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